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Maestros… ¿ o “maistros” ?

ed jaureguiEn mi participación anterior me referí a estos “señores” (?) de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la infame CNTE, como el principal  factor de desestabilización de  los  esfuerzos -más que justificados- por elevar la calidad de la educación en el país; y los hechos recientes nuevamente así lo acreditan.

Antes de volver a entrar en esta desagradable materia, debo aclarar que aunque no es mi intención denostar ni descalificar a ninguna persona o grupo de personas, para referirme a estos sujetos no queda más remedio que juzgarlos con la severidad que su estúpida desvergüenza merece, y designarlos como lo que son: “maistros”, que no maestros; auténticos mercenarios de la educación que, basados en sus incipientes y trasnochados conocimientos de teoría Marxista, se hacen creer –y pretenden que nosotros lo creamos- que su lucha es a favor de una anacrónica reivindicación social como; “por la liberación de la opresión del yugo capitalista”, o algo por el estilo.

Y eso pudiera no estar tan mal pero, lamentablemente, ni siquiera es esa la razón de su “lucha”. En el fondo, se trata de un organismo eminentemente parasitario, enquistado en el cuerpo de la sociedad mexicana desde hace décadas y acostumbrado a imponer sus condiciones, sin importar que tan bajas y mezquinas sean éstas, aún cuando, con ello, no solo afectan a millones de ciudadanos con sus nefastas movilizaciones, que han degenerado en bloqueos y plantones que auténticamente estrangulan la actividad de importantes sectores de la sociedad y regiones del país, sino que, como anteriormente señalamos, lo peor es que con su obcecada estupidez lesionan el que debiera ser su interés prioritario: ser mejores, para mejorar la educación de niños y jóvenes y, para mí, esto los convierte en enemigos de México y, sin exagerar, en traidores a la patria.

Creo que es hora de que estos “maistros” asuman, como hombrecitos, (tal vez así puedan llegar a ser hombres, con el tiempo) que ningún ciudadano decente cobra un salario cuando no ha trabajado (con excepción tal vez de algunos diputados, senadores y servidores públicos corruptos); que cualquier persona es despedida de su trabajo si no está preparado para llevarlo a cabo satisfactoriamente; que nadie tenemos derecho a heredar nuestra plaza de trabajo a nuestros hijos, independientemente de nuestra idiotez congénita; que toda profesión, sea cual fuere, implica para quien la ejerce la responsabilidad de capacitarse y actualizarse permanentemente, de tal forma que se logren mejoras  continuas en su nivel de desempeño, so pena de volverse obsoleto y, por ello, quedar “fuera de la jugada”.

En pocas palabras, que todos los que no somos “maistros” –que somos la inmensa mayoría-  no estamos dispuestos a continuar subvencionado su proclividad por el germen gallináceo, ni sus constantes atentados contra el futuro de nuestros estudiantes.

Es claro que el juego de estos sujetos puede resumirse en: “no voy a hacer lo que convenga al país, sino lo que me convenga a mí. Y si no te gusta, te lleno de movilizaciones y bloqueos; y si no te gusta, pues a ver, pégame, y verás el desmadre que te armo”. Pero también es claro que la sociedad ya está harta de sufrir a estos sujetos, y que México no puede continuar sin atacar de fondo este problema estructural.

Por su parte, la autoridad debe hacer honor a su nombre y asumir los costos de poner un alto, de una vez por todas, a los abusos de este grupúsculo –aunque sean muchos- que solamente denigra la que sin duda debe ser la profesión más respetada: la docencia.

Efectivamente, los costos sociales pueden ser muy elevados y habrá que actuar con el cuidado de no permitir una escalada del conflicto a proporciones inmanejables pero, al mismo tiempo, deberá actuarse siguiendo todos los protocolos que el caso requiere, pero con  firmeza a toda prueba, hasta lograr que esta gentuza entre en razón. Ni modo, “el que quiere azul celeste, que le cueste”, y no cabe duda de que la educación merece un azul celeste, cueste lo que cueste.


RJZ

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