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Elecciones: Los grandes perdedores

ed jauregui

Al escribir sobre un personaje como López Obrador se sabe de antemano que se levantará la polémica y la controversia; la mayoría de las veces, lamentablemente, sin lograr cambios en la forma de pensar de quienes leen, o de quienes son leídos;  y esto  empeora cuando uno se atreve a estar en desacuerdo –total, como lo estoy- con su ideología (y su praxis) política, económica y social, lo cual seguramente me augura una serie de descalificaciones por parte de muchos  de sus seguidores que, igual que su líder, no son capaces de aceptar que alguien se atreva pensar  diferente.

De cualquier forma, partiendo de la base del derecho que todos tenemos para opinar y tener un juicio propio, aunado a la responsabilidad social que implica escribir para un medio público de comunicación como éste, nos obliga a escribir –y describir- la propia interpretación de la realidad, quedando para el lector formar sus propias decisiones y juicios, de los cuales siempre estamos atentos.

Por mi parte, estoy convencido de que es tal la falsedad que rodea todas las afirmaciones y promesas de López Obrador, y es tan alto el riesgo de permitir que este personaje pudiera llegar al poder –por la vía que fuera- que considero una responsabilidad personal tratar de dejar en claro el precio que habríamos de pagar, todos los mexicanos, si esto llegara a suceder.

Son tantas las maniobras, trucos, artimañas y “verbos” de los que se ha valido este personaje para alcanzar su sueño de presidencia, que francamente llevarían  a la risa si no fuera porque estas acciones rayan en la total irresponsabilidad, como creo que vuelve a suceder con nuestro viejo conocido Andrés López (De Santa Ana, si lo dejamos). Pero vayamos al grano: ¿porque mi total rechazo a la posibilidad de darle el poder a este personaje?; en parte, por lo siguiente:

Porque en el remoto, muy remoto caso de que  AMLO llegara al poder presidencial, el modelo de desarrollo que aplicaría sería volver a los años 60’s y 70´s (Díaz Ordaz, Echeverrìa, etc.), cuando el estado totalitario y controlador era el “rector del desarrollo” y “motor de la economía”, con lo que tiraría por la borda importantes avances y logros en materia de crecimiento con libertad y estabilidad económicas, correlacionados con el ejercicio responsable de los recursos públicos, como lo imponen las actuales  corrientes del pensamiento económico.

Los resultados que creo  previsibles:   corrupción generalizada (a mayor intervención gubernamental, mayor corrupción), creciente   endeudamiento   y     quiebras  de un creciente número de empresas públicas, más sindicatos corporativos “vitalicios”, inflación galopante y escases de bienes y servicios por fugas y falta de inversión,  nacionalizaciones de empresas y bancos, rechazo a la inversión extranjera (que además sería mínima, por la fundada desconfianza), y estatización de la educación hasta llegar a la eliminación de las escuelas privadas que no comulguen con su ideología izquierdista autoritaria.

Y siguiendo los modelos Castrita-Chavista de socialismo antidemocrático y autocrático, progresivamente se irían reduciendo las libertades políticas, modificando el marco jurídico hasta hacer posible ya sea su reelección, o la manipulación de los procesos electorales para imponer títeres bajo su control.

Lo que más molesta –e inquieta- es el juego de los ”lopezobradoristas”: una enorme confabulación (orquestada en gran medida por el despechado Maquiavelo de Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís, personaje tan inteligente e interesante como insidioso, lúgubre y nefasto) en la que, sabiendo que no ganarían las elecciones por la vía legal e institucional, con toda anticipación planearon y han venido tejiendo todo el teatrito –junto con “organizaciones sociales”  de  tanto  “prestigio”  como  la  CNTE,  el   SME,   los “Atencos”  y   otros- magistralmente complementado con los acarreados vía el movimiento “yo soy 132” (la parte mas genial fue iniciarlo precisamente en la Ibero), para promover el inicio de un movimiento masivo –del que por supuesto el PRD “se deslinda”- pero que tiene por único objeto hacer que Andrés López gane, o gane.

No es permisible aplicar la ley a conveniencia de nadie. Eso solo lleva a la anarquía. Debemos  reconocer  que la ley electoral vigente fue aprobada –si no me equivoco, por unanimidad de todos los partidos políticos- y fue hecha a su modo, así que no es aceptable que ahora éstos mismos pretendan desconocerla y menos invalidar una elección cuyos resultados, nos gusten o no y aunque no fueron lo transparentes que debieron ser, se sujetaron al marco jurídico vigente, por muy deficiente que éste sea.

Sin embargo, debo aclarar que de ninguna manera estoy de acuerdo con la muy sospechosa forma en que el PRI ganó las elecciones (lo que es en sí mismo tema de otros análisis que ameritan ser tratados en otra ocasión); sin embargo, me guste o no, esto queda sujeto a procesos legales que deberán seguir su curso institucional; lo que “no tiene vuelta de hoja” es que no por ello puede justificarse la macro-maniobra de Camacho y su títere AMLO que, nuevamente y  ahora con mayores impulsos de orquestada y agitada movilización social, pretenden desconocer a una mayoría que –de acuerdo con las reglas vigentes y reconocidas-  simplemente no votó por ellos, y que por sed de poder, ceguera o mesianismo vuelven a trastornar y desestabilizar al país, en un delicado contexto de crisis y pronunciada competencia entre naciones, en el que de no ser por estos brotes de franca agitación, México podría ocupar una posición privilegiada como destino de inversión y expectativas de sólido crecimiento económico.

Lo anterior me lleva a la triste conclusión de que, en esta como en tantas otras elecciones del siglo pasado, los ciudadanos volvemos a ser los grandes perdedores; sin embargo, considerando que “saber perder” implica necesariamente “saber aprender” de la derrota, parece claro que la lección sería continuar por la línea de la participación ciudadana, por cauces institucionales y respetuosos de los derechos de terceros, pero cada vez más activos y exigentes en cuanto a que los gobiernos en turno –y los terribles y temibles partidos políticos- corrijan lo que está mal (como la ley electoral, entre otras muchas cosas), y que su desempeño sea de la mas alta eficiencia en términos de transparencia y beneficios económicos y sociales para el conjunto de la sociedad, y para el desarrollo armónico del país. Así al menos desquitarán sus francamente desaseados sueldos, prebendas y prestaciones...
RJZ

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