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Partidos, deslindes y desarraigos

ed jaureguiAdemás de las campañas, que sin duda ahora sí están dando mucho de que hablar, un tema que se encuentra en las mesas de discusión, especialmente a nivel local, aunque con implicaciones que rebasan con mucho los aparentes impactos regionales, es el de la reciente detención del ex gobernador de Baja California Sur, Narciso Agundez Montaño (2006-2012) del PRD y las órdenes de presentación giradas a los exgobernadores de Tamaualipas, Tomás Yarrington (1999-2004) y deEugenio Hernández (2005-2010) ambos del del PRI, por relación con el lavado de dinero y nexos con el crimen organizado.

Ante esta situación ambos partidos optan, podría decirse que casi mecánicamente, por la salida fácil y, como siempre, atribuyéndonos a los ciudadanos un coeficiente intelectual del .004, nos salen con la estupidez de que: ”El partido se deslinda de esa persona”; bueno, el cinismo es tal que el presidente del PRD se quitó la suciedad “de un plumazo” diciendo que Agundez ya no pertenece al PRD, sino al Verde, cuando todos sabemos que fue el PRD el partido que lo llevó al poder y bajo cuya protección se desenvolvió durante todo su mandato (aunque hay que recordar que dadas sus profundas convicciones políticas, Agundez “militó” en casi todos los partidos políticos posibles).

En el fondo, estos sucesos son prueba fehaciente de que nuestros partidos políticos están totalmente desligados de la ciudadanía. Por consecuencia, los “criterios” para designar candidatos son totalmente ajenos a cuestiones como arraigo y aportaciones a la comunidad, o trayectoria  en tal o cual esfera de actividad o región, sino que se les designa por cuestiones como “recibir línea”, compadrazgos y compra-venta de “lealtades”, o por conveniencia de grupos e incluso empresas; todo ello, claro, sin el menor consenso con la sociedad.

El resultado es que llegan a ocupar posiciones de enorme responsabilidad personas que, en el mejor de los casos, tienen una amplia militancia partidista, no política en su verdadero sentido, que aspiran a esos puestos como auténticos “mercaderes de huesos públicos” y  cuya ética, formación académica, experiencia e integridad no está a la altura de lo que el puesto requiere; si no me cree, simplemente vea, de nuestros candidatos a todos los niveles, cuántos son empresarios destacados, escritores, profesores o investigadores, o cuentan con una trayectoria de servicio social que acredite su quehacer. El porcentaje es absolutamente mínimo.

En consecuencia, muchos de esos candidatos de partido son terriblemente propensos a corromperse y acaban traicionando a sus amigos y lealtades, al país y a todos cuantos se interpongan en su camino de logros personales ya que, al no provenir de la sociedad, simplemente NO asumen ningún compromiso real con ésta, si acaso,  “reconocen” cierta lealtad –por conveniencia- con su partido, al cual también traicionan con grosera frecuencia.

Sin embargo, se engañan los líderes partidistas que piensan que basta con “deslindarse” y creer que con eso queda terminado el asunto; no cabe duda de que sucesos como la detención de un gobernador estatal dejan, ante quienes tienen una clara conciencia política y social y les importa la “cosa pública” (que desafortunadamente no son la mayoría, pero tienen un peso importante en la “conciencia nacional”), una profunda huella de desprestigio, desconfianza y desencanto en tanto muestran la pobreza de los códigos de ética de aquellos partidos que, tan a la ligera y de manera tan irresponsable, eligen a sus candidatos.
Por otra parte es válido plantearse que, un partido socialmente responsable, lejos de deslindarse, debiera asumir un papel vigilante capaz de llamar la atención e incluso reconvenir, de manera oportuna, a sus candidatos en el poder en el momento en que se presentaran comportamientos o desvíos ajenos a la legalidad, que pudieran y debieran evitarse a tiempo y a toda costa, y esto simplemente no se da.

En resumen, el concepto de democracia que tienen nuestros partidos políticos (democracia = votación) se ha visto ampliamente superado por la realidad actual, como lo demuestran las aspiraciones a candidaturas independientes y otras reformas políticas tendientes a crear un “poder ciudadano”, así como los recientes movimientos estudiantiles (que, mal que bien, son una clara muestra de la inaplazable demanda de incorporar a grupos sociales a la toma de decisiones), y las reuniones que “voluntariamente a fuerzas” tuvieron que sostener tanto el presidente de la república como, recientemente, los actuales candidatos a la presidencia, con los integrantes del movimiento por la paz con justicia y dignidad.

Todo ello confirma que los tiempos están cambiando y que si la clase gobernante, sea del partido que sea, quiere continuar existiendo, no tendrá otra opción más que incorporar, cuando menos, a la “clase pensante” de la ciudadanía, ya sea a las filas de sus partidos (suponiendo, primero, que éstos estuvieran dispuestos a abrirse, y segundo, que aquellos se dejaran convencer, cosas que dudo) o, a ocupar posiciones de gobierno, de tal manera que den las primeras señales de confianza y credibilidad ante una sociedad que, hace muchos años y día con día, se ha visto forzada a entrenarse en el doloroso arte de… ya no creerles nada.
RJZ

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