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La crisis y la Coca en Los Portales

leonidasLlegué al restaurante Los Portales y me fui hasta el fondo, ocupé la penúltima mesa para estar alejado del bullicio, tenía pendiente una lectura que me exigía concentración, pero a los pocos minutos, llegaron dos jóvenes cuarentones. La frase de uno terminó con la expresión: ¡la crisis!, Güey. El otro le pregunta: -A propósito, Güey, ¿qué opinas de la crisis? –La crisis es algo que siempre ha existido. -¿Tú crees? -¡Claro!, Güey, Mi abuela Gertrudis tenía 75 años cuando yo la conocí… -¿No la conociste, desde que naciste?  -¡Claro! Cuando yo nací ella ya tenía los 75, y una de las primeras cosas que recuerdo de ella, es que siempre se quejaba de la crisis. -¿Y eso por qué era? –Porque la crisis, Güey, siempre ha existido y en todas partes. -¿También en los Estados Unidos? -¡Claro! Güey. ¿No te has dado cuenta, de la bronca que trae todo mundo, con el mentado Trump? -¿Qué les sirvo a los señores? Interrumpió una mesera. –Café por favor, -dijo uno, y el otro aceptó: Sí, café está bien.

Con ese presidente, Güey, en los Estados Unidos las cosas van a cambiar, pero nosotros los mexicanos vamos a estar más jodidos. –Yo pienso que no, Güey, el otro día declaró ante la prensa algo que me dejó pensando, pon atención a lo que dijo: “Yo le estoy haciendo un bien a los mexicanos, les estoy enseñando lo que allá no les han enseñado: ser decentes y derechos. Se enojan porque los voy a echar de aquí por estar sin documentos legales. Si quieren trabajar aquí, y exigir que se les respete, tienen que empezar por respetarnos a nosotros, no pueden venir así nomás; deben enseñarse a respetar. Yo le recomiendo al presidente mexicano y demás gobernantes, que también ellos respeten, que dejen de ser corruptos porque si no respetan las leyes, no pueden exigir que nadie más las respete. Yo no sé qué les pasa a los mexicanos, tienen un país con muchos recursos naturales muy valiosos, y lo mejor, gente noble y trabajadora; también mucho petróleo, minerales de todos, buenas tierras y clima para sembrar lo que quieran. ¿No es una aberración? ¿Qué miles tengan que irse a otros países a buscar fortuna cuando allí la tienen? Bien se los dijo don Porfirio Díaz cuando se fue. Me da lástima dejar a México en manos de una bola de bandidos. Y yo remacho diciendo: Además de bandidos son idiotas, no han aprendido la lección. ¡Ya despierten mexicanos! Pueden volver a ser grandes, el imperio más poderoso de América fueron Los Aztecas, sus ancestros.

-¿En serio, Güey, eso dijo El Güero pipizqui? -¡Claro! Güey. ¡Y tiene razón! -Se me hace raro ese discurso, porque desde que se lanzó a candidato nos ha acusado de ladrones, violadores, matones y narcos. –Toma en cuenta, que lo malo, siempre resalta más que lo bueno. -No, pues sí. 

-Oye Güey, y cambiando el tema, ¿Qué piensas de la Coca? –Que es una droga muy peligrosa, causa adicción y… -¡Noo! Güey, yo me refiero a la Coca Cola. –Ah, explícate Güey,  ese es un buen refresco, pero también muy adictivo. -¿Y por eso lo toma mucha gente? –Claro Güey. Te cuento que cuando plebe, hubo un tiempo en que trabajé como peón de albañil. -¿Batiendo mezcla? –Y también acarreando ladrillo Güey, abriendo zanjas con talacho y pala; y todo lo demás. Recuerdo que tuve un maistro muy carrilludo, decía: -¡órale morro, más mezcla!... se me hace que tú, eres puro pájaro nalgón. “¡Agílate cabrón!, trae más ladrillos”. A las doce del día, le tenía que tener la hornilla ardiendo y el comal lleno de tortillas. Comíamos el lonche con CocaCola. Huevos revueltos con papas, tomates y chiles, y no podían faltar los frijoles. Don Lorenzo, así se llamaba, se tomaba hasta tres cocas arrebiatadas. Era un hombre bueno, tenía su mujer, pero algo pasaba porque no podían tener hijos. Un sábado no fue a la cantina como era su costumbre, llegó temprano a su casa y la encontró con otro. A varillazos mató a los dos. 30 años le dieron por cárcel. –¿Les sirvo más café? Por favor señorita, y nos trae una orden de pan tostado con mantequilla y mermelada.

-Un día, me animé y fui a verlo, habían pasado tres años. La neta, que una cosa es que te lo cuente, y otra es que lo veas. La cárcel es lo peor que le puede pasar a un mexicano, ahí está el infierno. Impera está la inmundicia, la ignorancia, la corrupción, la soledad y el abandono más gacho. Me encontré a don Lencho tirado sobre una cobija mugrosa, le faltaba una pierna. Había 5 más, y entre ellos abundaba la peste; todos voltearon a verme, menos don Lencho; tenía la mirada perdida y su cara cerúlea, como de muerto. Me acerqué: -Don Lencho, ¿no me recuerda? Soy Chalío, El pájaro nalgón. Sonrió. -Casi no te miro, pero recuerdo tu voz. -¿Pues qué tiene? –La pinche diabetes. Entonces entendí, por qué, además de ciego, le faltaba la pierna. Platicamos de cosas sin chiste. Pensé que me contaría de su drama, pero no. Intentaba darse ánimo, pero le ganaba la tristeza. –Aquí tienen su pan, señores, -volvió a interrumpir la mesera-. ¿Les sirvo más café? Por favor.

Tres meses después lo volví a visitarlo, le llevaba un pantalón y una camisa de mezclilla, como a él le gustaban. Se me engarruño el alma cuando lo vi, ahora le faltaba también la otra pierna. –Caray don Lencho. ¿No ha pedido a las autoridades que lo dejen libre? Yo creo que usted tiene derecho a… -No te preocupes, me estoy escapando poco a poco. Me dijo empinándose una Coca sin dejar de verme, era una mirada muy triste, y en su boca una mueca que pretendía ser una sonrisa.  

-Dos meses después, ya no estaba; había logrado el objetivo.

Aquello último me cimbró, me levanté, pagué la cuenta y salí de Los Portales. En la escalerilla me encontré con dos beldades Culichis, y la tristeza que amenazaba invadirme; desapareció.

leonidasalfarobedolla.com

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