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La Guerra de las Galaxias.

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Por Alfredo Solorzano

No cabe duda que una de las tendencias que marcó al 2015 fue el interés colectivo por la nostalgia. Al contrario a lo sucedido en otras épocas como los cincuentas y sesentas donde la carrera espacial se encargó de impulsar el futurismo como moda, en años recientes la moda retro, lo vintage y el interés por aquello que dejó huella en el pasado han marcado nuestra visión de lo que está in y de nuestra hambre de consumo. Recientemente un amigo de la Ciudad de México me presumió un tocadiscos de madera rescatado de la casa del abuelo fallecido, y hoy en día un juguete sin abrir de décadas pasadas puede alcanzar un costo de miles de pesos. Un ejemplo masificado de esta nostalgia es la reciente entrega de Star Wars, el llamado episodio 7, “The Force Awakens”.

¿Quién pensaría que en plena era de las computadoras una película precisamente de ciencia ficción sería puramente concebida como un film retro? Pues sí, la nueva película de la Saga de “La Guerra de las Galaxias” (así le decíamos los que vimos la primera trilogía en el cine) se planeó, filmó e incluso comercializó como un film que evoca un Space Opera de los setentas; busquen en el oráculo de Google y verán que incluso los posters promocionales parecen sacados de las salas de espera de aquellos cines que albergaban a cientos de cinéfilos.

Pero ¿cuál es el origen de esta franquicia y a qué se debe su éxito colosal? George Lucas, su creador, aparte de ser director tuvo una visión muy atinada de aquellas historias que nos inspiran, emocionan y hasta nos hacen llorar; si de niñ@ alguna vez saliste del cine repartiendo sablazos, latigazos o patadas de grulla entenderás ese poder de saber transmitir una historia.

Esta visión no llegó de la nada. Lucas conoció en sus años de Universidad la obra de Joseph Campbell (1904-1987), escritor estadounidense especializado en mitología y religión cuya obra “El héroe de las Mil Caras” (1949) explica que los personajes de la mitología y la religión tienen bases e historias comunes, lo que se conoce como el “Monomito”, un término tomado por Campbell de la obra de uno de los escritores más influyentes del Siglo XX, el irlandés James Joyce (1882-1941).

En el Monomito, Campbell consideraba que los héroes, sean mitológicos o religiosos, tienen paralelismos que apelan al imaginario popular; así, Krishna, Buda, Heracles e incluso Jesús se enfrentan al viaje del héroe, una serie de pasos comunes como lo son (i) recibir un llamado a la aventura, (ii) dudas o rechazo a su posible destino, (iii) ayuda sobrenatural durante su viaje físico o espiritual, (iv) lucha contra diversos retos y tentaciones, (v) vivir una transformación, y (vi), una conclusión con su retorno triunfal alcanzando un nivel místico por encima del populacho.

Lucas vio en el Monomito el ingrediente perfecto para su caldo galáctico y así nacieron Luke Skywalker y todos los personajes que aderezan la mitología de Star Wars, quienes a fin de cuentas cumplen cabalmente con la visión heroica de Campbell, logrando así imprimir en el imaginario de niños, jóvenes y adultos a un héroe estelar con trazos religiosos. ¿Quién puede negar que la “fuerza” y las enseñanzas de Yoda no podrían ser una religión? Una escena sumamente curiosa del final del “Retorno del Jedi” nos muestra a los espíritus del padre, del mentor y del guía observando al héroe e hijo pródigo en su momento cumbre; algo así como una renovada santísima trinidad de las estrellas.

Por lo anterior no debe sorprender que Disney, quien compró en el 2012 la franquicia de Star Wars en alrededor de 4 mil millones de dólares, le apueste a lo seguro y nos presente esta nueva entrega con el drama, escenas y efectos especiales de los setentas y ochentas, y de igual manera retome la figura de marketing comprobada del Monomito encarnado esta vez en un nuevo personaje; eso sí, renovado para apelar a la igualdad de género tanto anhelada en este nuevo siglo y de paso arrastrar a los niños y niñas de esta nueva generación (y a sus padres, los miembros de las llamadas Generación X y Millennials) en la vorágine de consumo que sólo el Imperio del ratón nos puede dar.

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