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¿Por qué no podemos frenar las invasiones?

armandoDoña Alma, iba camino a su casa después del trabajo, eran como las cuatro de la tarde del día 14 de septiembre de 2014,  ella es empleada doméstica y como la mayoría de la población  no era consciente de la amenaza del huracán Odile; estaba esperando el camión enfrente de la Delegación de Cabo San Lucas, cuando la alcanzó una fuerte ráfaga de viento y lluvia, todo mundo corrió a buscar refugio, la señora de cincuenta y dos años, se fue a guarecer del vendaval  a casa de una pariente suya  que vivía no lejos de ahí. Al llegar a su destino,  sus familiares la pusieron al tanto de la advertencia de huracán que se había dado y su inminente llegada a tierra; de ese lugar donde la socorrieron la señora no salió sino hasta el día siguiente cuando el huracán ya se había marchado y se fue caminando hasta su casa que estaba  a unos cinco kilómetros de distancia pues no había servicio de transporte público, durante el trayecto pudo ver  atónita los destrozos monumentales provocados por el meteoro, el más destructivo de los últimos años en la región. 

Cuando por fin llegó a la colonia donde antes tenía su humilde morada, hecha de madera, plásticos y lamina negra de cartón, tardó más de dos horas en encontrar  el terrenito donde una vez estuvo su hogar, lo único que quedó en pie fue la taza del  baño, sin el depósito de agua. Todo a su alrededor  lucia irreconocible, el predio  había pasado de ser un caserío de miserables casas de cartón amontonadas  a un llano baldío. 

Los vientos furiosos arrasaron con todas las endebles  viviendas  de sus vecinos y no dejaron una sola en pie. En cuestión de horas  todo lo había perdido, documentos personales, ropa, estufa, colchón, sillas, no quedó nada de lo poco que tenía, se quedó solamente  con la ropa puesta, ella y las miles de personas más, quienes sobreviven en el mundo fantasmal de las invasiones a los causes de  arroyo y las zonas de alto riesgo.

Esta historia se repite con diferentes grados de intensidad cada año en la temporada de huracanes en Los Cabos y lo seguirá haciendo mientras el gobierno municipal  no consiga una reserva de tierra para reubicar a estas familias.

Se necesitan 100 hectáreas de tierra  en Cabo San Lucas y otras 100 en San José del Cabo  para reubicar ahí a miles de personas  que al día de hoy están viviendo en  zonas de  alto riesgo. Pero esa cantidad de tierra es solo para acomodar a los que ya están aquí.  ¿Y qué pasará con toda la gente que sigue llegando  donde se van a instalar? 

Por el momento, la única tierra disponible para este fin es ejidal. La gran pregunta sin contestar es ¿Por qué el gobierno no negocia la compra de  terrenos para resolver este problema de una vez por todas?  Por la sencilla razón de que la autoridad  pretende pagar mucho menos de lo que los ejidos, el de Cabo San Lucas y de San José del Cabo, piden por sus tierras. 

Estamos hablando de que ambos ejidos habían fijado un precio, que es razonable para nuestra zona, de  $ 450 pesos/ m2  por sus terrenos y la oferta gubernamental era de $ 180 pesos/ m2. No es cosa menor pues la cantidad total a pagar por las 200 hectáreas  al precio que piden los ejidatarios sería de $950 millones de pesos, eso sin mencionar  los costos de los servicios básicos  con los que habría que dotar esos lotes, tales como el agua, drenaje, electricidad, etc.

Total que las pláticas entre las partes siguen entre que avanzan y se empantanan y mientras el tiempo está corriendo y la zozobra también para esos misérrimos habitantes. 

Las colonias perdidas causan graves trastornos al destino turístico, contaminación por filtración de aguas negras a los mantos freáticos, deforestación descontrolada, violencia, desorden urbano, tiraderos clandestinos de basura, hacinamiento y daño a la imagen urbana por señalar algunos. 

Este añejo problema es un polvorín que puede estallar en cualquier momento y  hasta por el menor pretexto. 

Sin tierra para reubicar  a la gente de escasos recursos las invasiones continuarán irremediablemente sin que nadie las pueda evitar.

La temporada de huracanes ya está aquí y el reloj de la fatalidad está en cuenta regresiva.

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